1.      La arqueología.

Aqueos, dánaos, argivos… son los nombres con los que los autores clásicos identificaron a los más antiguos predecesores de los griegos. Permanecieron unidos a la leyenda hasta que, en 1876, el alemán Heinrich Schliemann, apasionado lector de los poemas épicos griegos, y particularmente de la Ilíada, después de reunir una fortuna considerable gracias al comercio, decidió demostrar que las gestas narradas por los poemas homéricos no eran pura invención, sino que reflejaban hechos históricos.

Después de sus éxitos en Troya, se trasladó a Micenas, patria de Agamenón, el legendario rey micénico que había asediado Troya durante diez años. Tras once semanas de excavación, salieron a la luz una serie de tumbas reales con ricos ajuares de oro, plata, bronce, marfil y cerámica. Pero se trataba de las tumbas reales de una dinastía que había reinado trescientos años antes. Era el denominado Círculo A, situado en las proximidades de la Puerta de los Leones, llamado así para distinguirlo del B, situado al exterior de la ciudad.

Se trata de un espacio circular de unos 26 metros de diámetro, delimitado por placas de piedra bien escuadradas y ajustadas, formando un doble círculo. En el interior del mismo, la tierra se había apisonado ya en la Antigüedad y, al ser retirada, aparecieron varias estelas funerarias, esta vez bastante bien conservadas y con representaciones de hombres montados en carros y cazando. Se encontraron seis fosas rectangulares de entre tres y seis metros de longitud, situada la más profunda a unos cuatro metros bajo el nivel del suelo apisonado. En ellas se hallaron los restos de hasta diecinueve esqueletos, correspondientes a nueve hombres, ocho mujeres y dos niños, acompañados de un fabuloso ajuar, fechados entre 1550 y 1500 a.C., por tanto, correspondientes a unos tres siglos y medio antes de la guerra de Troya.

La construcción de estas fosas se realizaba excavando primeramente en la roca un pozo rectangular de hasta cinco metros de profundidad; luego se recubrían las paredes con unos muros de piedras irregulares hasta una altura de un metro, o metro y medio. Sobre el suelo cubierto de guijarros se depositaba el cadáver, cubierto materialmente por su ajuar: ofrendas de alimentos, joyas, armas, cerámicas, etc.

La tumba se cerraba por medio de vigas de troncos y una cubierta de ramaje y barro. Por último, se rellenaba la fosa con tierra hasta formar un pequeño montículo sobre ella, en el que se hincaba una estela de piedra.

Sorprende enormemente la riqueza que llegaron a acumular los príncipes de Micenas en sus ajuares funerarios: entre las diecinueve personas allí sepultadas y sólo contando el oro, se recuperó un total de cerca de quince kilos. Se encontraron máscaras, coronas, diademas, collares, brazaletes y anillos, todo en oro; espadas y pomos, hechos de bronce, marfil, oro, alabastro y madera; cuchillos, navajas de afeitar; vasijas de oro, plata, bronce, alabastro, loza y cerámica; ritones (recipientes en forma de cabeza de animal) de oro, plata y huevo de avestruz; peines de oro y marfil; láminas de oro recortadas en varias formas y repujadas con figuras geométricas, mariposas, abejas, caracolas y otros motivos; botones y cintas de tahalíes en oro; puntas de flecha, colmillos de jabalí, cascos de guerra, hachas, tridentes, piedras de afilar, cuentas de collar, tableros de juego, restos de tejidos.

La mayor parte de estos objetos son manufacturas minoicas, realizadas por artistas cretenses. Sin embargo, muchos objetos son propios de los micénicos. Los más significativos son las llamadas máscaras, finas láminas de oro batido y repujado, en las que se han intentado plasmar los rasgos fisionómicos propios de los difuntos. Estas máscaras parecen deberse a influencia egipcia. La más conocida de ellas fue la denominada “de Agamenón”.

El mismo carácter rudo y con enorme gusto por la geometría y la simetría, propio de los aqueos, tienen algunas de las vasijas de oro, las diademas y otras joyas hechas en láminas de oro batido.

Piezas puramente minoicas son las espadas con escenas de guerra, cacerías, animales y paisajes; así como el arte de labrar los sellos, tanto en la técnica de trabajo como en el estilo y los detalles representados (altares, cuernos de la consagración, etc.), aunque la composición sigue esquemas geométricos, típicamente micénicos, con el predominio de la llamada “disposición especular” (los motivos se repiten simétricamente como si estuviesen reflejados en un espejo). También son micénicos motivos decorativos tales como grifos, esfinges, procesiones de “daimones” (seres divinos con forma monstruosa -por ejemplo, cabeza de asno y cuerpo de cocodrilo-), guerreros subidos en carros, armas, motivos geométricos, etc.

Pero no fue solamente Schliemann el autor de los descubrimientos que nos han permitido reconstruir la civilización micénica. Entre otros hay que citar al arqueólogo griego Christos Tsountas, continuador de la obra de Schliemann en Micenas, donde sacó a la luz las ruinas del palacio, una serie de edificios y una necrópolis con tumbas de cámara.

 

2.      El espacio físico.

La civilización micénica se extendió desde el Peloponeso hasta Tesalia, al norte. Por ello sus características geográficas fueron de lo más variado. Efectivamente, en la zona más continental (Macedonia y Tesalia) abundan las fértiles llanuras aptas para el cultivo de cereales y la cría de animales; en su parte central y en el Peloponeso, el agua escasea y el paisaje está salpicado de montes y estrechos valles.

Es un clima adecuado para el cultivo de vid, olivo y huertos, así como para el pastoreso.

Los establecimientos de población fueron más numerosos en la zona suroriental de la península, que se abría hacia el mar. El cultivo de cereales, olivo, vid, la cría de animales, la explotación maderera de los bosques y de los yacimientos mineros favorecieron en aquella tierra el desarrollo económico.

3.      La cultura de la Grecia peninsular entre 2000 y 1600 a.C.

Durante la Edad de Bronce Antigua (3200-2000 a.C.), Media (2000-1600 a.C.) y Final (1600-1050 a.C.), contemporáneamente a la civilización heládica (la cultura de la Grecia peninsular), en la isla de Creta se desarrollaba la minoica y en las islas Cícladas la cicládica. En torno al 3000 a.C., en los tres contextos surgen los primeros núcleos “protourbanos”, con fortificaciones y elementos de evidente planificación urbana, desde centros de culto a complejos edificios de grandes dimensiones para almacenar mercancías.

En la Grecia peninsular están atestiguados grandes edificios de planta rectangular, con habitaciones centrales circundadas de corredores y posiblemente dotados de un segundo piso. Pero, en torno al 2300 a.C., esta civilización sufrió un estancamiento cuando violentas destrucciones pusieron fin al desarrollo socio-cultural alcanzado. Desde ese momento, y durante siglos, la península griega pasará a un segundo plano, oscurecida por la pujanza de Creta, e incluso por las islas Cícladas, que contaban con un floreciente comercio y un amplio artesanado.

A principios del Bronce Medio (2000-1600 a.C.), en torno al 2000 a.C., hubo una serie de movimientos de pueblos indoeuropeos en el Mediterráneo oriental, responsables del desarrollo de nuevas culturas. En Troya y Grecia continental hacen su aparición los aqueos, y durante la primera mitad del segundo milenio a.C. se formó paulatinamente el núcleo de la cultura micénica.

Entre 2000 y 1600 a.C. se forjó la primera cultura propiamente griega. Los restos arqueológicos son de una gran pobreza. Muestran el proceso de adaptación de los aqueos, pueblo nómada dedicado a la ganadería en las llanuras esteparias de allende los Balcanes, a la agricultura mediterránea y al comercio marítimo dominado entonces por Creta.

Entre las aportaciones más señaladas de los aqueos invasores se cuenta la doma del caballo, el carro de guerra, las espadas largas de bronce, la “cerámica miniana” y poco más.

Durante este período,  la casa tipo era un estrecho y largo rectángulo cuyo interior generalmente estaba dividido en tres partes: se trata del mégaron, la habitación principal del palacio micénico, casi siempre de forma rectangular y alargada, con un lugar fijo para el hogar en el centro. Todavía no existe una planificación urbana.

Para las sepulturas utilizan grandes vasos o cistas, en las que los difuntos son depositados en posición encogida, agrupados bajo túmulos de tierra o también formando grandes necrópolis. Los ajuares funerarios eran pobres.

La cerámica de este momento es de formas elegantes y de pasta gris brillante, que recuerda los utensilios metálicos de la época (“cerámica miniana”). También se desarrolló una tipología de fondo claro con motivos oscuros pintados.

Son los contactos con las culturas de la Creta palacial y de las Cícladas los que logran sacar a la economía penínsular del Bronce Medio de su carácter específicamente agrícola-pastoril.

El final de este período de relativa depresión se sitúa en torno al 1600 a.C. A este momento de transición entre el Bronce Medio y el Final pertenecen las tumbas principescas en forma de tholos, características de la cultura micénica, descubiertas por Tsountas.

A partir de ahí comienza el verdadero período micénico. Es la civilización de la Grecia peninsular de la Edad del Bronce Final (1600-1050 a.C.).

Efectivamente, la aparición de complejos funerarios de extraordinaria riqueza marca un antes y un después. Para explicar este cambio, se han formulado diversas hipótesis. Pero la más extendida es la que supone que guerreros griegos, enrolados como mercenarios de los faraones egipcios de inicios del Imperio Nuevo, habrían traído a su tierra grandes riquezas que, posteriormente, incluyeron en sus ajuares funerarios. La posición de Micenas en el cruce de vías marítimas entre Oriente y Occidente, y en el de las vías terrestres que iban hacia el norte, permitió a la Grecia peninsular suplantar la mediación de Creta en el tráfico con Oriente.

En una cronología de la civilización micénica hay que distinguir tres etapas:

-Micénico Antiguo: período de formación.

-Micénico Medio: período de máximo esplendor, que coincide con la civilización de los palacios de Micenas.

-Micénico Reciente: período de su destrucción y definitivo declinar.

 

4.      La civilización micénica (1600-1100 a.C.).

Al principio, se evidencian fuertes influjos minoicos en las manifestaciones artísticas. Después, poco a poco, la cultura micénica va desarrollando sus propias formas, más geométricas y austeras que las cretenses.

A finales del Bronce Medio (2000-1600 a.C.) y comienzos del Final (1600-1050 a.C.), cuando en Creta los minoicos han construido sus Segundos Palacios, los aqueos empiezan a constituir los que serán los reinos griegos descritos en la Ilíada, concentrados en su mayor parte en el Peloponeso: Micenas, Tirinto, Argos, Lerna y Asine, en la Argólide, Pilos en Mesenia. Estas ciudadelas van adoptando una estructura organizada, y la arquitectura funeraria desarrolla cada vez más formas monumentales, como el tholos o cámara circular.

El Bronce Final, entre 1600 y 1100 a.C., es el período de apogeo de esta civilización, denominada micénica por Schliemann a partir de sus excavaciones en el Círculo A de tumbas de Micenas, la más importante ciudad aquea.

A partir de la destrucción de los palacios minoicos, entorno a 1450 a.C., los micénicos comienzan a aparecer como dominadores en la isla de Creta. Es entonces cuando los reinos micénicos adquieren las características de sociedades políticas complejas, se expanden y llegan a controlar zonas muy lejanas, tales como las islas del Dodecaneso.

4.1.  Sociedad y política.

La vida social micénica aparece centrada entorno al palacio, cuya función es múltiple, al igual que los palacios minoicos: religiosa, política, militar, administrativa y económica.

La sociedad está fuertemente jerarquizada en tres clases, al modo indoeuropeo: guerreros, sacerdotes y campesinos.

A la cabeza se hallaba el rey (wanax), príncipe-guerrero que reunía todos los elementos del poder. El segundo personaje del reino era el comandante del ejército (lawagetas). Existían también altos oficiales (hequetai y telestai). Todos ellos residían en casas principescas, situadas junto al palacio real. Por otra parte, los funcionarios menores, jefes de distrito (basileis), vivían en los centros secundarios.

Por medio de una corte de inspectores y escribas, se controlaba el sistema de producción y se administraban los recursos de palacio. Los escribas apuntaban todo lo relativo a la producción agrícola y ganadera, la posesión de tierras, los distintos oficios especializados, los encargos de productos que se iban a elaborar, las tareas a realizar por la mano de obra, las levas de hombres para equipar los barcos reales, los sacrificios a los dioses, etc.

El grueso de la población estaba constituido por vasallos que desempeñaban los más variados oficios: además de escribas, había pastores, albañiles, alfareros, artesanos. Todos ellos guardaban una relación muy directa con el palacio. La industria textil recibía mano de obra femenina: hilanderas, tejedoras, cardadoras de lana, operarias de lino. Los esclavos constituían el escalón social inferior; aunque se desconoce el régimen de esclavitud en que vivían.

La masa de la población vivía en aldeas en los alrededores del palacio-fortaleza. Pues los centros micénicos no eran verdaderas ciudades.

La propiedad del suelo correspondía al rey, quien lo distribuía entre los individuos a su servicio. Con todo, las tierras comunales de las aldeas parecen haber sido parcialmente independientes de la soberanía real.

 

 

4.2.  Economía.

La economía estaba basada en la agricultura y la ganadería. Por lo que se desprende de las tablillas, la actividad económica se planificaba desde los palacios: había industria textil en Cnoso, del bronce en Pilo y una destacada industria alfarera en Micenas. Pero los micénicos se lanzaron también al comercio: exportaban productos excedentes (aceite, vino, lana, etc.) y manufacturas (cerámica, objetos de bronce), e importaban ámbar y metales (cobre, estaño, oro).

La cerámica micénica fue conocida en el Próximo Oriente (Siria, Palestina y Fenicia), en Chipre, en Anatolia, la Italia meridional y Sicilia, incluso en la provincia de Córdoba, a orillas del Guadalquivir. Este hecho pone de manifiesto que la civilización micénica alcanzó una gran expansión en el Mediterráneo durante los siglos XIV y XIII a.C., sobre todo en su mitad oriental. Esta expansión parece constituir una continuación del imperio marítimo minoico de la Edad del Bronce Medio (2000-1600 a.C.).

4.3.  El final de la civilización micénica.

Hacia 1150 a.C. la civilización micénica se vino abajo. Las explicaciones han sido varias.

Según algunos, diferentes poblaciones costeras mediterráneas, compuestas por marinos y guerreros, después de haber servido a hititas y egipcios como mercenarios, se volvieron contra ellos y destruyeron el imperio hitita a comienzos del siglo XII, en tanto que fueron puestos en fuga por Ramsés III. Estas mismas poblaciones habrían atacado y destruido los palacios micénicos. Pero no se hace ninguna mención de ello en las fuentes de la época. Además las zonas costeras e insulares, más fáciles de atacar, no parecen haber sufrido ningún tipo de destrucción.

La explicación tradicional sostiene, en cambio, que el responsable del hundimiento de la civilización micénica habría sido un pueblo procedente del norte, los dorios, que habrían protagonizado la última invasión de pueblos de habla griega que penetró en Grecia, conocida como “el regreso de los Heráclidas”. Sin embargo, se ha demostrado que esta invasión tuvo lugar después de la destrucción de las ciudadelas micénicas. Por tanto, no pudo ser en sí misma la causa. Por el contrario, es más creíble que los dorios se hayan presentado en un momento de crisis y que su llegada haya favorecido una transformación ya en marcha: el paso de los reinos micénicos a la polis griega.

Otra hipótesis es la de una crisis interna causada por el enorme esfuerzo económico sostenido durante los largos años de la guerra de Troya. La rivalidad entre los reinos micénicos, que anteriormente habían sido aliados, habría agravado aún más la situación, y producido un progresivo empobrecimiento de aquella zona.

Existe, finalmente, un hipótesis, más reciente y acertada, de que se trató de una reacción en cadena fomentada por terremotos y consiguientes incendios. A estas catástrofes naturales habría que añadir un largo período de carestía.

Como quiera que sea, a partir de 1100 a.C. se producen una serie de cambios notables: nuevas costumbres funerarias (desaparecen los tholoi y las tumbas de cámara subterránea y se vuelven a utilizar las cistas), la cremación sustituye a la inhumación y se introduce el hierro en la fabricación de armas y utensilios.

 

4.4.  La ciudadela micénica.

Las fortificaciones, con sus murallas, torres y puertas monumentales, son uno de los elementos clave de la ciudadela micénica. Hacia mediados del siglo XIV a.C., las ciudadelas más importantes son rodeadas de muros ciclópeos: grandes y altas murallas construidas con enormes bloques de piedra que podían tener un espesor de diez metros.

A la ciudadela se accedía a través de puertas monumentales, como la llamada Puerta de los Leones de Micenas, y en ocasiones, por alguna secundaria.

Ejemplos de este tipo de fortificación los encontramos en ciudades de la Argólida, como Micenas y Tirinto, o en las del Ática como Atenas, y también en las de Beocia como Gla. A estas obras monumentales se añaden grandes obras hidráulicas hechas para asegurarse el abastecimiento de agua en caso de asedio.

 

 

Lo que queda de la arquitectura palacial y de las ciudadelas se remonta al siglo XIII a.C., es decir, a la fase inmediatamente anterior a la destrucción.

El palacio micénico, que podía tener dos plantas, contaba con un mégaron central donde estaba colocado el hogar. Desde éste partían una serie de corredores que conducían a las diferentes estancias del palacio: el archivo, los almacenes, la cocina, las estancias para el culto y las habitaciones privadas. Numerosas pinturas decoraban sus paredes, techos y suelos.

 

 

En torno a los palacios se levantaban una compleja red de edificios con diferentes funciones, como la de residencia para los aristócratas, o la de las clases inferiores. También existían otros edificios de culto y talleres artesanales. Los centros más importantes donde surgieron estos complejos palaciales estaban en el Peloponeso: entre otros en la Argólida (Micenas y Tirinto),  Kakóvatos y Pilos en Mesenia, Esparta en Laconia y Tebas y Orcómenos en Beocia.

Por su parte, las residencias de los aristócratas ligados al palacio presentaban también una estructura similar a la de los palacios, con corredores, patios y múltiples habitaciones. Son las denominadas “casas de corredor”, en las que las habitaciones están conectadas con una especie de mégaron central, y cuyas columnas, paredes, techos y suelos están decorados con ricas pinturas. Nacen a partir del siglo XIV a.C. y, en un principio, se construyen en el exterior, junto a la muralla. Pero, a partir del siglo XIII a.C., con el inicio de la crisis, se trasladan al interior de la muralla.

En el siglo XII a.C., la destrucción de los palacios llevó a retomar las concepciones arquitectónicas más antiguas: casas pequeñas, de una sola planta, con pocas habitaciones y cimientos poco profundos.

 

4.5.  Las necrópolis.

Durante el Bronce Medio (2000-1600 a.C.), la forma común de sepultura era la cista. Se trata de una fosa cuadrada cuyas paredes están formadas por enormes losas de piedra e iban cubiertas por otra gran losa. Allí se depositaban entre uno y tres individuos, colocados en posición encogida. Los ajuares funerarios encontrados en ellas son relativamente pobres. A esta forma de enterramiento pertenecen las tumbas del llamado Círculo B.

A finales del Bronce Medio comienza a difundirse la sepultura de fosa alargada, en la que el difunto es colocado en posición supina. También aquí podemos encontrar entre uno y tres cadáveres por enterramiento. Pero el ajuar funerario es ya muy rico, tanto por el número como por la calidad de los objetos encontrados. A esta forma de enterramiento pertenecen las tumbas del llamado Círculo A, coronadas por estelas funerarias magistralmente esculpidas con escenas de caza y de lucha.

 

Pero será la tumba de tholos la que distinga a la sociedad micénica. Aparece en el paso del Bronce Medio al Bronce Final (1600-1050 a.C.). Se trata de un gran recinto circular, apenas enterrado, con paredes de piedra de diferentes elaboraciones, tosca o muy fina según los casos. Sobre la cámara circular se coloca una falsa cúpula, construida con la técnica de aproximación de hiladas. A la cámara se accede a través de un corredor. La mayoría de este tipo de tumbas se encuentra en Mesenia, si bien las más destacadas están en los alrededores de Micenas (convencionalmente denominadas tumba “de los leones”, “de Atreo”, “de Clitemnestra”, “de Egisto”, etc.).

Además de éstas, existían también tumbas de cámara subterránea o hipogeos, habitaciones de forma irregular, precedidas por un corrredor, y colocadas en las pendientes de las colinas. En ellas las fosas estaban excavadas en el suelo y los difuntos eran colocados en el interior de sarcófagos de terracota, decorados con pinturas.

4.6.  El arte micénico.

4.6.1. La pintura.

Todas las manifestaciones artísticas micénicas tienen su origen en las minoicas. Así las pinturas murales que decoran los palacios; aunque no se tratará de una mera repetición de los temas minoicos, sino que recrearán escenas bélicas y de caza, claramente destinadas a glorificas las empresas de los príncipes guerreros.

4.6.2. La escultura.

Al igual que la minoica, la cultura micénica no ha dejado escultura monumental en bronce, pero son muy notables las pequeñas esculturas de marfil y los relieves en piedra, sobre todo las estelas funerarias. El caso más sobresaliente es el de la Puerta de los Leones, en Micenas, en la que dos leones rampantes están colocados uno enfrente del otro, a los dos lados de una columna.

También se han encontrado una serie de figurillas votivas, realizadas en terracota, muy frecuentes en las sepulturas. La actitud que adoptan es muy variaday va desde las que tienen los brazos cruzados hasta las que están representadas con ellos elevados.

Por otra parte, recientes hallazgos han sacado a la luz unas figuras de dimensiones medias, con cabeza modelada y cuerpo cilíndrico realizado a torno, como si fuera un vaso. Estas estatuas poseen una rica decoración pintada.

Pero es en los trabajos de marfil, material omnipresente en los objetos de lujo y de uso cotidiano, desde los espejos a las píxides (cajas de tocador), donde destacan los escultores micénicos. Placas de marfil esculpidas con guerreros y esfinges, o simplemente con motivos decorativos, adornaban cofres y todo tipo de muebles.

4.6.3. Los sellos.

Uno de los objetos más importantes del arte micénico son los sellos, típicos de todas las civilizaciones del Egeo e inspirados en modelos del Próximo Oriente. Sobre piedras semipreciosas de formas variadas se encuentran incisas escenas de bellísima factura. Principalmente se usaban piedras blandas, hueso y marfil, pero también aparecen piedras duras de gran belleza, como el jaspe, el cristal de roca, el ágata, la amatista, e incluso algunas de procedencia exótica, como el ámbar del Báltico y el lapislázuli de Afganistán. Otros muchos se realizaron en oro. Los motivos más repetidos son los de animales, a menudo fantásticos (“demonios” con cabeza de león, esfinges y grifos); figuras humanas, frecuentemente con paisajes selváticos o arquitectónicos al fondo; armas, escenas de caza.  

 

4.6.4. Las armas.

Por los ajuares que se han conservado y gracias a las representaciones en las cerámicas, los frescos de los palacios, algunas joyas y los sellos de oro, sabemos cómo eran las armas que hicieron tan poderosos a los aqueos.

Las armas ofensivas eran, básicamente, lanzas largas, arco, flechas y espadas triangulares de bronce; las defensivas, un amplio escudo rectangular y curvo, como una enorme teja, hecho a base de varias pieles de buey curtidas y superpuestas. Aunque el carro tirado por caballos era conocido, no debía de ser un arma muy empleada; constituiría más bien un elemento de prestigio. También empleaban unos característicos cascos, hechos de cuero y reforzados con filas bien apretadas de comillos de jabalí.

 

 

Si existe un campo en el que los artesanos y los artistas micénicos sobresalieron es el de la metalurgia, y no sólo en la fabricación de armas, sino también en la producción de instrumentos agrícolas o de vasijas para el uso cotidiano. El máximo esplendor lo alcanzaron en la fabricación de objetos destinados al adorno personal. El oro fue diestramente trabajado con las técnicas más diversas: repujado, granulado (técnica que consistía en unir en una lámina de oro pequeñas bolitas del mismo metal), filigrana (técnica que consistía en soldar sobre una placa de oro hilos, tanto lisos como retorcidos, con los que se obtenía un dibujo determinado) y cloisonné (técnica por la que piedras semipreciosas y pastas vítreas eran encastradas en una retícula de metal).

 

4.6.5. La cerámica.

En época micénica triunfa la cerámica de color rojo brillante o negro sobre fondo ocre. En un principio, tanto en los modelos como en las formas, se observa una clara dependencia del arte minoico de los Segundos Palacios, centrándose la producción de este período en pequeños vasos destinados a contener perfumes o en tazas para beber.

Posteriormente, se pasa del naturalismo minoico al denominado “estilo micénico”, que lo reinterpreta en claves estilizadas y cada vez más abstractas. En esta fase destacan los vasos decorados solamente en los hombros, mientras que en la parte inferior van pintados grupos de líneas o bandas.

El desarrollo estilístico de la cerámica continuará hasta el siglo XI a.C., con la aparición del “estilo del granero”: se trata de un estilo muy sencillo, con decoración lineal que cubre toda la superficie con colores negro o marrón rojizo. Es el nacimiento del estilo “protogeométrico”, que alcanzará un gran desarrollo en la primera Edad de Hierro (siglo XI a.C.)

4.7.  La escritura micénica.

La escritura micénica es la denominada lineal B, de tipo silábico. Fue descifrada en 1952 por el arquitecto inglés Michael Ventris utilizando sistemas de desciframiento de mensajes en clave empleados durante la II Guerra Mundial.

Se trata de textos conservados en frágiles tablillas de arcilla secadas al sol, que no hubieran llegado hasta nosotros si no hubiese estallado un incendio que destruyó el palacio, transformándose en un horno para aquella tierna arcilla. No son textos históricos o literarios, sino tan sólo información de carácter económico sobre la gestión y sobre los almacenes de los palacios, junto a testimonios de la vida religiosa, que nos permiten adjudicar orígenes micénicos a numerosas divinidades griegas.

5.      Los poemas homéricos.

Con la Ilíada y la Odisea de Homero comienza la literatura griega. Se trata de dos poemas muy extensos pertenecientes a dos ciclos épicos que entroncan con el período micénico: la Ilíada narra un episodio de la guerra de Troya en torno al héroe griego Aquiles; la Odisea nos cuenta las aventuras que protagoniza el héroe Odiseo en su regreso desde Troya a su patria Ítaca.

A pesar de que ambas obras fijaron la forma en que las conocemos en el siglo VIII a.C., buena parte de los elementos que las integran, que necesariamente tuvieron que ser transmitidos por vía oral, se remonta a época micénica.

Más difícil es determinar la historicidad de los poemas: es característico de la epopeya distorsionar, al servicio de la leyenda, los hechos históricos. Los datos que nos proporciona la arqueología demuestran que existió una guerra de Troya en las fechas en las que los micénicos habían consolidado su dominio del Egeo. Sin embargo, la causa poco tuvo que ver con Helena: dada la estratégica situación de Troya, debió de tener alguna relación con el control de las rutas comerciales con el mar Negro.

En un principio, la poesía épica era cantada por aedos, que se acompañaban de una forminge, una lira de cuatro cuerdas, en los banquetes y reuniones de los nobles. Así nos presenta la Odisea al aedo Demódoco. Posteriormente, los poemas pasaron a ser recitados, sin acompañamiento musical, por rapsodos, que no componían sus versos, sino que se limitaban a ejecutar obras ya conocidas por la tradición. Homero, del que sabemos muy poco, probablemente fue un aedo que en el siglo VIII a.C. reestructuró el material legendario que había recibido y compuso la versión definitiva de la Ilíada y la Odisea.

Según los historiadores, ambos relatos reviven con nostalgia las gestas de los arrogantes señores micénicos, pero la sociedad que describen es la de los “siglos oscuros” que siguieron al colapso de la civilización micénica. Por su parte, la Odisea se puede relacionar con el inicio del gran movimiento de colonización que se puso en marcha en el siglo VIII a.C.

El mundo de ambos poemas es distintos. El de la Ilíada está lleno de pequeños reyezuelos a cargo de reducidas áreas agrícolas, pero orgullosos, siempre dispuestos a enfrentarse a sus vecinos y a defender su patrimonio y su honor con las armas. En cambio, el mundo de la Odisea está poblado por marineros y sus historias fabulosas, colonizadores de tierras lejanas, donde la astucia, la habilidad para adaptarse y aprender idiomas y costumbres extranjeras eran más importantes que la fuerza bruta y el recurso a las armas.